Es difícil no sentir que el abismo aún te abraza, la
sensación de sus brazos rodeándote queda aún después de largo tiempo, y la
soledad, tan abyecta mientras estás en el fondo, sigue acompañándote incluso
cuando ya caminas bajo un sol de primavera, pero ahora te abraza por la
espalda, con cariño, pero uno no puede todavía sentir cariño hacia ella, está
muy fresco el recuerdo de su dolorosa crueldad, entonces hay que verla como un
enemigo que en el fondo te cae bien, o un amigo que te traicionó pero no lo
suficiente como para no volverlo a ver.
Es difícil mirar sus ojos y no quedar atrapado en ellos,
mirarla y no soñar. Pero la mecambrea del abismo aún te cubre los pies, las
piernas, el pecho, te causa pesadez y respiras con dificultad, entonces los
sueños duelen, como si de un presagio negro se trataran.
Escuchaba tu voz por el teléfono, me contabas de algún
problema de matemáticas, juro que deseaba ayudarte más, pero me perdía escuchándote,
hubiera deseado pedirte que siguieras hablando un rato más, de cualquier cosa,
tu voz hace que mi soledad se vuelva amigable, incluso positiva, pero en cuanto
colgaste volvió su rostro austero, seco, inmóvil.
Es difícil, en estas circunstancias, mantener ese sueño
sencillo de desearte en secreto, porque la mecambrea del abismo desaparece si
estas cerca, pero en cuanto nos alejamos vuelve con hostilidad, se ríe
cruelmente de este sentimiento, y no puedo ver con objetividad si el camino me
conduce a otro abismo o hay árboles en las laderas. Pero sigo caminando, lento,
arrastrando restos de abismo, cargando soledad, pero avanzado, aunque no sepa
donde iré a parar…