La luz del alma proviene de la parte más profunda del ser, un recoveco perdido entre los tejidos de la vida individual que se funde (sin que el limite entre uno y otro sea claro) con el tejido social en que nos movemos. Algo se mueve bajo nuestra cama, extiende sus brazos por la noche y nos abraza, un monstruo sin forma que todos han ido poniendo ahí para atraparnos. La luz del alma se atenúa, parpadea, cambia de color ante este monstruo, lo enfrentamos, lo vencemos, le tememos y siempre se renueva, los demás bien que saben renovarlo. Mas uno tiene también la opción de renovarse sin que deba autorizarlo nadie, sin embargo nos hacen creer que debemos renovarnos bajo supervisión, renovarnos para agradar al otro, renovarnos para amoldarlos al monstruo. Renovarse en agradarse a si mismo, saltar al precipicio por cuya orilla hemos estado caminando y ser destrozados al golpear contra las rocas. Abajo un arroyo cristalino fluye, y fluimos con él, el cuerpo queda atrás, el alma corre con el agua.
Y llegamos al mar, donde su salada inmensidad nos renueva, el cuerpo y el alma son uno solo, aprendemos a cuidar y fortalecer esta unidad y entonces, sólo entonces, la luz del alma brillará con su luz real. El monstruo bajo la cama ahí seguirá, el pasado no cambiará, las personas con que hemos compartido nuestra vida serán las mismas, pero nuestros ojos serán otros, dejaran de ver lo que quieren y comenzaran a ver lo que hay. Nuestras manos serán otras y comenzaran a crear. Nuestro ser será otro y comenzara a fluir hacia lo que lo nutre y a alejarse de lo que lo bloquea. Nuestra voz será otra y ya no querrá gritar, dialogará tranquilamente. Nuestra pasión será otra, y ya no querra ser llenada por alguien, querra compartirse y complementarse.
La luz del alma está en todos, pero muy pocos podrán llegar a ella.
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